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Quien pudiera disecar al izquierdista al día de hoy, podría asegurar que estaba disfrutando plena y absolutamente de todo lo que alguna vez en el pasado, había criticado, y cínica e inconscientemente tenía un argumento para contrarrestar todas y cada una de las incoherencias que pudieran señalársele.
Pero en su fuero interno, no podía olvidar la discusión que había mantenido, treinta años antes con un grupo de revolucionarios que él integraba, cuando afirmó que cuanto menos quede del régimen político-social que atacamos más posibilidades de edificar uno más justo, les estamos brindando a los que nos sucederán.
Nuestra conducta debe estar regulada por el catecismo revolucionario de Necaev que nos obliga a tener un único pensamiento, el de la destrucción implacable. Sin piedad, sin escrúpulos, sin limitaciones morales, debemos infiltrarnos en los partidos políticos, en la Iglesia, en el gobierno, en las fuerzas armadas, en los círculos universitarios y artísticos y, sin importarnos los medios a que debamos recurrir, destruirlos total y definitivamente. No podemos tener piedad con nuestros enemigos, como tampoco esperarla de ellos. No existen barreras, ni reglas, ni principios que puedan atarnos, sólo aquellos que determinan la posibilidad del éxito de la revolución a que aspiramos. La moral burguesa debe ser un instrumento en nuestras manos, no una norma de conducta, concluyó , sentenciosamente. También recordaba a quien había permanecido, hasta ese momento, en silencio, pensativo y cabizbajo, y en un instante, casi a gritos, expresó: -¡Pero eso es imposible! No podemos eliminar todos los sentimientos, todos nuestros escrúpulos, todas nuestras debilidades.
- ¡Si podemos y debemos! Afirmó el izquierdista, agregando: -En nuestra lucha, como ya he dicho, hay que tener los huevos bien puestos, porque no nos podemos dar el lujo de llorar por la muerte de un enemigo como si fuéramos maricas… -Como maricas, ¡No como seres humanos, como personas que tienen sentimientos! Porque ayer, en forma aleve y brutal, matamos a un hombre joven que no nos había hecho mal, que tenía una familia, que tenía ideales, sueños, aspiraciones. ¡Que sentía…! Como debemos sentir nosotros, se le replicó. - Lo matamos porque era conveniente a nuestros propósitos, a nuestros objetivos revolucionarios y porque no podemos limitarnos por los falsos prejuicios morales de la burguesía como lo estás haciendo tú, ahora, de manera estúpida. - Pero es que nosotros transformamos a ese ser humano en una mercancía, le fijamos un precio a su vida y cuando el mismo no fue pagado, se la quitamos sin titubeos ni contemplaciones. ¿Cómo vamos a formar una sociedad más justa, más humana, cuando nosotros deliberadamente, actuamos de manera tal que todos los sentimientos más caros al espíritu humano han sido excluidos de nuestra escala de valores? ¿Qué tipo de trasformaciones y de cambios vamos a lograr si el punto de partida es la crueldad, la muerte, la destrucción…? - La elaboración de los principios que regulen ese nuevo régimen social es la tarea de los filósofos y moralistas que participen en la creación del mismo. Nosotros somos el equipo de demolición, somos las topadoras, los “bulldozers” que debemos despejar el terreno de la corrupción, la infamia y la injusticia que priva en la sociedad actual para que otros, luego, construyan esa sociedad más justa a la que aspiramos. No hay lugar, en nuestras mentes, para los principios éticos burgueses porque, precisamente, ellos constituyen estructuras que deben desaparecer, que también tenemos que destruir, por ende. No nos podemos detener a meditar sobre la crueldad de los medios que utilizamos en la suprema acción revolucionaria que nos permita alcanzar los fines propuestos, sentenció , pretendiendo dar fin a la discusión que se había ido haciendo, cada vez más, violenta. Después de estas palabras, manifestadas en un tono alto y autoritario, todos quedaron en silencio, hasta que, frente a las miradas expectantes de sus compañeros, dirigiéndose al izquierdista, expresó: - Lo acontecido ayer y tus palabras de hoy me han dado una clara dimensión de lo que estamos haciendo y de lo que deben hacer los miembros de un grupo subversivo como éste. En consecuencia, sobre la base del deber de lealtad que estimo primordial a nuestra condición de revolucionarios, debo manifestarte que no puedo aceptar, dentro de lo más íntimo de mi ser, el análisis exclusivamente pragmático de nuestra conducta y la prostitución de los medios en atención a los fines. Mi consciencia no puede admitir el crimen más atroz sin repugnancia, no puede tolerar que, para combatir la injusticia, se practique una injusticia, quizás mayor, que la existente. ¡Soy, por encima de todas las cosas, un ser humano. No un robot! No puedo ser un instrumento insensible, sino que soy y seré siempre, un ser humano, dotado de todos los sentimientos que siempre han caracterizado a nuestra especie. No puedo transformarme en una máquina indiferente a la piedad, al amor, a la amistad, al remordimiento. El pensar, por un solo instante, que pudiese llegar a ser lo que pretendes me causa escalofríos, porque eso significaría mutilar, de mi personalidad, los más importantes atributos que me identifican como ser humano. Sería como producir, en ella, un terrible vacío que, ningún propósito, ninguna causa, ningún móvil, por importantes que fueran, alcanzarían jamás a llenar. Un vacío tremendo, infinito, profundo, atroz… Por algo, dijo Heráclito hace dos mil quinientos años, "que nunca nos bañamos en el mismo río..."
Sin embargo, él sabía que guardaba en su interior una tristeza infinita que sólo domesticaba con ese cinismo estudiado y la eterna pose de estar de vuelta de todo.
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